Alter Ego Pour Moi

Alter Ego Pour Moi

A imagen y semejanza de mi.

Hecho por mí, para ti, desde los dos, habitando entre nosotros. Es ese sueño del que estamos conformados y que a su vez, pero no tal vez, nos conforma en todo aquello que se manifiesta, se materializa en lo otro, aquello que construyo para ti. Sólo con nuestras esperanzas y la materia del mundo, sin más destino que materializar la imagen y semejanza de lo que siento en aquello que percibes.

Así podríamos empezar, éste que pretende ensayar, aquello hecho por uno mismo, que siempre, y que bueno que así sea, hallará lo que el creador moldea. Siempre será dispuesto por él mismo. Sería y es, como alargar la condición creadora del hacer, desde el ser, que no es otra cosa que todo aquello que vemos en el mundo.

De esa manera, podríamos citar los jirones que en su creación continua da el hombre, en ideas como el giglico. Un lenguaje que Julio Cortazar inventa, que desvela y materializa en el capitulo 68 de Rayuela. La saturación de la ausencia, de significados. Un inmenso disponible que se plantea como la saudade. El lleno del vacío, según Saramago. Esa diferencia creadora que en el finito cúmulo de letras permite crear al lector una doble manera de recrear los hechos, leyendo uno de tras de otro los capítulos o aventurarse en una lectura convulsa en pedazos, trozos, cachos diferentes y diversos saltando de un extremo a uno diferente en los limites de la obra.

Así podemos demostrar que si bien a la creación le sigue la recreación, la representación y la reasignación de valores, también en el caso de la percepción de algo, influye de manera fundamental el orden de las cosas. La jerarquía con la que se aparecen ante nuestros ojos los hechos.

Zirma por Karina Puente

En ese idílico juego de letras y dobles significados, intrínsecos e irreverentes, nace entre la copula y el vino, ese lenguaje que podríamos decir autodenominado gíglico en el que “temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias”. Como la manifestación más alta de la autoconstrucción de un lenguaje. Y es que si no se hace por uno mismo esa idea del manejo de la palabra no se da por si misma ni puede existir per se.

También podríamos ensayar otro inicio a este ensayo, diciendo. La condición onírica que arrastra al hombre desde aquellos tiempos en los que era invadido por la idílica idea de construirse un mundo a la medida de sus sueños (mismos que se pretenden enormes) hasta ajustar el horizonte al tamaño de su voluntad. Lo conserva como esa entidad adaptable, ajustable y auto transformable. Más allá de esperar la prometida evolución de las especies, condición que para el hombre se ha tornado lenta.

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes…” Julio Cortazar

Así pues, nos encontramos en el preciso momento en el que se plantea como conveniente hablar de pleonasmos, diciendo: constrúyete a ti mismo, por ti, con tus propias manos de ti, de tu cuerpo que es tuyo y te pertenece.

La supervivencia del ser humano ha estado fundamentalmente condicionada a la idea de construirse a si mismo y todo aquello que lo rodea. Del mismo modo que Julio Cortazar inventó el gíglico, como un idioma nuevo, híbrido de mensajes semánticos distintos. Como lo es del mismo modo nuestra cultura latinoamericana, llena de un exacerbado mestizaje, anegada en un cúmulo de identidades. Así se plantea el nuevo lenguaje como un idioma lleno de metáforas reconstruidas y reensambladas en un elemento verbal distinto.

Zoe por Karina Puente

De allí que América acostumbrada a la condición perenne del mestizaje, sea no sólo una cultura híbrida, sino una civilización que guarda en cada uno de sus habitantes un arquitecto, un constructor, un hacedor de sueños, materia de vida.

México, más que cualquier otro país en este cambiante continente, se encuentra lleno de constructores. Por lo menos uno potencial en cada habitante.

Ya desde tiempos prehispánico y prehistóricos el ser humano desde esas tres necesidades, casa, comida y sustento, hasta las de Abraham Maslow, se ha planteado como un auto constructor, desde aquella visión volkomen que plantea Martin Heidegger hasta el atisbo genealógico de lo que pretende ser la arquitectura, intentando construir su propio habitáculo, como el núcleo aquel en el que desarrollará su vida. En el que si pudiera decirlo, lo haría “se construyen casas a domicilio” siendo la casa como un autorretrato, en donde a la par que diseñas tu vida, construyes tu casa. Igual que te construyes a ti mismo. Como Ernesto Sábato menciona “porque en un sentido más profundo, no hay novela que no sea autobiográfica,” y yo diría que aplica también y del mismo modo para la obra arquitectónica “si en la vida de un hombre incluimos sus sueños y pesadillas. Mientras escribía arrastrado por sentimientos confusos e impulsos no del todo conscientes, muchas veces me detuve perplejo a juzgar lo que estaba saliendo, tan distinto de lo que había previsto. Esa derivación no me agradó mucho y repetidas veces pensé en abandonar el relato que me alejaba tan decididamente de lo que me había propuesto. Los seres carnales son esencialmente misteriosos y se mueven a impulsos imprevisibles aún para el mismo escritor que sirve de intermediario entre ese singular mundo irreal pero verdadero de la ficción y el lector que sigue al drama” y al decidir iniciar nuevamente, el principio sería otro diferente y el final tal vez, podría llegar a ser el mismo, en esa predeterminación del ser, o por otro, lado ser siempre otra la culminación de la obra.

No hay otro mejor que Borges para desvelar las implicaciones de la dualidad entre lo que somos y el reflejo de nosotros en una obra arquitectónica. Según Borges en su poema de los dones: “Al errar por lentas galerías, suelo sentir con vago horror sagrado que soy el otro, el muerto, que había dado los mismos pasos en los mismos días”.

Zora por Karina Puente

Ya en un pequeño libro sobre la creatividad en la arquitectura vista desde el psicoanálisis se menciona que”la obra creada es un espejo que refleja a otro, pero que sin embargo es indudablemente el creador” y regresando a Cortazar quien menciona que “para empezar, le diré que pienso que todos somos dobles. El yo que ven los otros casi nunca coincide con el otro Yo que creo ser. Desde chico tengo esta

obsesión del doble, pues creo que muchos seres humanos participan de un desdoblamiento, del que son o no conscientes. El tema del doble es, por otra parte y desde hace mucho un tema literario, sobre todo en los románticos literatos alemanes” Cerrando con esto toda posibilidad de duda sobre nuestra condición extrovertida, manifestada en nuestros edificios creados. Y como todo ser humano tiene esa condición de manifestarse en lo otro por medio de lo externo, digamos, lo que no es él. Concluimos que todos llevamos un constructor, un arquitecto en nuestro interior.

El tercer y último inicio que para este tema se me ocurre es tal vez el más bello, el más sublime y el que con mayor fuerza enaltece la condición virtuosa del hombre. Peter Weiss en su libro “informes”, relata la historia del cartero de Cheval. Un cartero que si se nos permite podríamos llamar un arquitecto que trabajaba encubierto en el oficio de un cartero. Un ser humano al que se le fue la vida en construir una obra. Del mismo modo que uno respira, vive, convive, se levanta. Una obra que duro en construcción 43 años, hecha a base de piedras, de sueños materializados en muros, pedazos de materia que se tardó en recolectar 33 años. Iniciando desde los diez años dicha hazaña y con una vida de 88 años podemos decir que se pasó 86 años de su vida construyendo o mejor dicho auto construyendo una obra, su casa. Y los dos años restantes construyendo su tumba antes de morir.

Aún cuando “él no sabía nada de arquitectura, de leyes formales, de modernas corrientes artísticas, sólo seguía su intuición, y así como las células se multiplican, como las hojas se pegan a las ramas, como los cristales se articulan, creció aquella obra, encerrando así el milagro de todas las proporciones naturales. La vie est un océan plein de tempêtes entre l’enfant qui vient de naître et le vieillard qui va disparaître” sin embargo la obra se construyó y es el manifiesto, el monumento de un hombre que dio la vida por un sueño, entregó todos sus recursos y su vida por aquello para lo cual el sentía haber nacido. “un cartero rural. Fuera de esto, todo se olvida. Sólo permanece el sueño. Sólo a su sueño le guarda él fidelidad. Y de ahí su absoluta seguridad. Sólo la voz interior. Lo interior viviente”.

Sólo será que es tan difícil encontrar alguien que se le vaya la vida en un sueño y que los sueños sean tan baratos para algunas personas que los cambian por bienes imperecederos, que el saber este relato e imaginarlo real, hace estremecer hasta al idealista más inocuo. “los diez mil días, las noventa y tres mil horas de este sueño se han concentrado en un único instante, un instante que manifiesta toda la obra de una vida”. Saber que día con día en su labor de cartero recogía piedra a piedra, concha a concha para materializar su sueño, eleva el espíritu humano hasta lo indecible.

Una historia que demuestra que en esa autoconstrucción, en ese hágalo usted mismo, se va el sueño más importante en la vida de alguien. Hablamos de construir, de edificar de hacer arquitectura. Pero no sólo en un edificio, sino en una vida. Edifiquemos nuestro templo que es nuestro cuerpo. Construyamos el día con día, ya que según la sabiduría hindú somos lo que hemos hecho y seremos lo que hagamos.

En fin. Siempre elegimos una manera de hacer las cosas y también sierre preferimos hacerlas nosotros mismos. Ya sea tomando la primera, la segunda o la tercera opción, siempre tendremos una opción más. Sea cual sea el casi. Aún si decidiéramos regresar y replantearnos nuevamente tomaríamos otra opción de iniciar distinta.

Nos encontramos condicionados a replantear todo, y a replantearnos todo con nosotros dentro o con la más feroz y excluyente de las escenas jamás visualizadas. Después de todo San agustín tenía razón.

Sólo tenemos tres condiciones de manifestar nuestra existencia con la memoria desde el presente visualizando la esperanza. El pasado en el que ya no soy, el presente en el que existo y el futuro hacia el cual todavía no llego “la mente humana tiene tres funciones: recordar, atender y esperar”. Es por eso que la cuestión creativa siempre es y será un proceso, en el que es fundamental ese punto de inicio, diferente e irrepetible. Como aquel en el que un niño firma su contrato con los astros y pone a prueba su destino en ese pequeño instante en que surge.

Articulo por: Rubén Anguiano

Imágenes por: Karina Puente

Ruben Anguiano (México 1973) Arquitecto, escritor, melomano, amante del cine y los libros. Graduado como arquitecto por la Universidad La Salle, con estudios de maestría en Teoría e Historia de la Arquitectura por la UNAM, Ha publicado ensayos en revistas y medios especializados a nivel internacional , entre los que se encuentra “Alt + F4, La muerte de la arquitectura”; “The Loop”; “Danteum al Fuoco”; “Altius, Citius, Fortius”; autor de nueve libros, investigador sobre la tecnología y la forma en la que ésta modifica la forma de vivir, pensar y hacer arquitectura, ha dictado conferencias en diferentes partes del mundo sobre diferentes temas entre ellos “Nanotecnología aplicada a la arquitectura”; “Arquitectura Autoreparable”; “Edificios con instinto de supervivencia”. Ha diseñado y construido proyectos principalmente habitacionales. Disfruta de correr, en la naturaleza, bosques húmedos, nadar en el mar, el surf, las rutas en bicicleta, escalar montañas, meditar y dar largos paseos en moto o caminatas.

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